Cien mil preguntas sobre el Dao 50 / 51
En «La piel pintada», el daoísta atrapó al fantasma, pero no pudo resucitar al hombre

El fantasma ya estaba encerrado en una calabaza y la piel humana, enrollada y guardada en una bolsa. El daoísta se disponía a marcharse cuando Chen, la esposa de Wang Sheng, se arrodilló en la entrada, llorando y rogándole que devolviera la vida a su marido.
El daoísta dijo: «Mis artes son limitadas; de verdad no puedo resucitar a un muerto».
Chen seguía postrada ante la puerta, esperando que el daoísta le indicara una forma de salvar a su marido.
1. No creyó al daoísta ni escuchó a su esposa
Wang Sheng, personaje de Cuentos extraños de un estudio chino, de Pu Songling, era de Taiyuan. Una mañana, al salir, conoció a una joven que caminaba sola. Ella dijo que sus padres la habían vendido como concubina a una familia rica, donde la esposa principal la maltrataba; por eso había escapado en secreto y no tenía adónde ir.
Wang Sheng la llevó a casa, la escondió en una habitación privada y convivió con ella. A los pocos días se lo contó discretamente a su esposa. Chen sospechó que era una concubina huida de una familia adinerada y le aconsejó que la enviara de vuelta. Él no quiso escucharla.
Un día, en el mercado, Wang Sheng se encontró con un daoísta. Este vio que lo rodeaba un aura maligna y le preguntó qué le había ocurrido. Wang Sheng lo negó una y otra vez. Al marcharse, el daoísta comentó que en el mundo sí había gente que seguía sin abrir los ojos aunque tuviera la muerte encima.
Wang Sheng también había sospechado, pero pensó que aquella mujer era claramente hermosa: ¿cómo podía ser un demonio? Llegó a creer que el daoísta quizá buscaba ganarse la vida con el pretexto de expulsar males y desastres.
Ni el consejo de su esposa ni la advertencia del daoísta pesaron tanto como la belleza que él creía haber visto con sus propios ojos. Solo al volver a casa y encontrar la puerta cerrada desde dentro trepó por un muro bajo y se acercó a la ventana; entonces vio lo que sucedía realmente en el cuarto.
Un demonio de rostro verdiazul y dientes como sierras había extendido una piel humana sobre la cama y la pintaba con un pincel de colores. Al terminar, la levantó y la sacudió como quien despliega una prenda. Se la echó encima y se convirtió en la mujer que Wang Sheng conocía.
2. El plumero de la puerta no pudo salvarle la vida
Wang Sheng huyó aterrorizado, agachado, y buscó al daoísta por todas partes. Por fin lo encontró en las afueras y se arrodilló para pedir ayuda. El daoísta aún sentía compasión por el fantasma: también había sufrido y acababa de encontrar un sustituto, así que no soportaba quitarle la vida.
Le entregó a Wang Sheng un plumero ritual y le dijo que lo colgara junto a la puerta del dormitorio; quedaron en verse en el templo del Emperador Verde. Wang Sheng regresó, demasiado asustado para entrar en el cuarto donde había escondido a la mujer. Se refugió en la estancia interior y colgó el plumero.
Hacia la primera vigilia se oyeron ruidos leves fuera de la puerta. Wang Sheng no se atrevió a mirar y mandó a su esposa en su lugar. Al ver el plumero, la mujer no se atrevió a entrar al principio. Permaneció allí mucho rato apretando los dientes y luego se volvió para marcharse.
Pero no se había ido lejos. Regresó insultando al daoísta: no lograría asustarla; una vez que algo ya estaba en su boca, ¿por qué iba a escupirlo? Hizo pedazos el plumero, derribó la puerta, corrió hasta la cama de Wang Sheng y le arrancó el corazón.
Chen gritó. Una sirvienta entró con una vela y vio a Wang Sheng muerto, con el pecho y el vientre cubiertos de sangre.
3. Después de atrapar al fantasma, comenzó otra súplica
Al día siguiente, Erlang, el hermano menor de Wang Sheng, corrió a pedir ayuda al daoísta. Cuando este oyó que el fantasma al que había perdonado había matado a un hombre, acudió furioso, pero la mujer ya había desaparecido.
Miró alrededor y preguntó quién vivía en el patio del sur. Erlang dijo que era su propia casa. El daoísta estaba seguro de que el fantasma se encontraba allí y preguntó si había llegado algún desconocido. Erlang volvió a preguntar y supo que esa mañana una anciana había solicitado trabajo como sirvienta, y que su esposa la había contratado.
El daoísta se plantó en el patio con una espada de madera y gritó: «¡Demonio perverso, devuélveme el plumero!». La anciana intentó huir, pero él la alcanzó y la derribó. La piel humana se desprendió y dejó al descubierto la verdadera forma del feroz fantasma.
La espada de madera le cortó la cabeza al fantasma, cuyo cuerpo se convirtió en humo espeso. El daoísta abrió la calabaza y recogió todo el humo; luego enrolló la piel humana, con cejas, ojos, manos y pies completos, la metió en una bolsa y se dispuso a marcharse.
Chen, postrada en la entrada, suplicó al daoísta que devolviera la vida a su marido y no se levantó del suelo. Tras meditar un instante, el daoísta le indicó otro camino: debía acudir al mendigo loco del mercado.
El daoísta le advirtió que no se enfadara si el hombre la insultaba con palabras disparatadas. Erlang lo conocía y acompañó a su cuñada.
4. Ella soportó la humillación en plena calle
El mendigo iba despeinado y andaba por la calle cantando y comportándose como un loco. Chen se acercó de rodillas y le explicó por qué había ido. Él primero se burló de ella y luego le replicó: un hombre ha muerto y vienes a pedirme que lo devuelva a la vida; ¿acaso me tomas por el Rey del Inframundo?
La golpeó con su bastón y Chen lo soportó. Los curiosos se congregaron hasta formar un muro alrededor. Entonces escupió flemas en la mano y le ordenó que se las comiera. Chen se ruborizó de vergüenza y vaciló. Al recordar la instrucción del daoísta, por fin se las tragó a la fuerza ante la mirada de todos.
Al bajar por la garganta, la masa era dura como un ovillo de algodón; se atascó y quedó en el pecho. El mendigo se marchó riendo y entró en un templo; cuando fueron a buscarlo, ya no estaba. Chen y Erlang lo buscaron por todas partes, pero no lo encontraron.
Chen volvió a casa humillada y afligida, sin haber recibido una sola instrucción clara para salvar a su marido. La familia velaba el cadáver y nadie se atrevía a acercarse. Aún le correspondía a ella preparar el cuerpo de su esposo para el entierro.
5. El corazón salió de su pecho
De vuelta en casa, Chen atendió el cuerpo de Wang Sheng. Se inclinó sobre su marido, recogió las entrañas dispersas y siguió trabajando mientras lloraba. Cuando casi se le apagó la voz, algo se agitó de pronto en su pecho. Un objeto duro salió disparado de su boca y cayó dentro del pecho de su marido.
Era un corazón humano, todavía palpitante y caliente. Chen lo vio y cerró enseguida la herida, sujetándola con fuerza con tiras de tela arrancadas. Al cabo de un rato, el cuerpo empezó a calentarse poco a poco y ella lo cubrió con una manta.
A medianoche, Wang Sheng volvió a respirar. Al despertar al alba, dijo que sentía como si hubiera soñado y que solo le dolía levemente el abdomen. La herida ya se había cerrado y tenía costra; sanaría con el tiempo.
Al final del relato, Pu Songling reprende a quienes confunden demonios con mujeres hermosas y toman los consejos sinceros por disparates. A continuación escribe sobre los hombres que codician la belleza ajena mientras sus esposas tienen que tragarse las flemas de otro. Wang Sheng perdió la vida por su propio encaprichamiento; Chen, que desde el principio le había aconsejado despedir a la mujer, tuvo que soportar la humillación para devolverlo a la vida.